Blog en Urgencias!

Nuevamente en la sala de espera de Urgencias de un hospital. Y es que en una casa, los enfermos crónicos también cogen la gripe, los graves se contracturan y además, no tienen el monopolio de la enfermedad o el de los accidentes, así es que los “sanos” también  se caen y rompen la rotula o el codo, o tienen dolor de estómago. Así las cosas, hace tiempo que las salas de espera se han convertido en uno de mis lugares de trabajo, el cual desempeño con bastante facilidad gracias a la blackberry, aunque no siempre sea para escribir un post. Desde la última vez que una de estas visitas fue motivo de un post, he podido pensar y darme cuenta de algo que ha llamado mi atención. Una de las diferencias que hay entre la sala de espera de un hospital público y uno privado es el tipo de gente (de esto ya me había dado cuenta antes). En los primeros, te encuentras con todo tipo de personas, de todos los colores y condición, y tal vez por eso, por estar todos mezclados, generalmente la gente es reacia a tener ningún contacto entre si. En los hospitales privados esto resulta mas fácil, es más factible entablar conversación con el vecino: “¿qué tiene el bebe?”, “es la tercera vez que vengo esta semana con el niño”, “parece que esto va rápido”… “hasta otra ¡huy! mejor no”…

Naturalmente estas conversaciones se llevan a cabo en las salas de espera habituales o en aquellas que pese a ser de Urgencias, ésta, la urgencia, no reviste gravedad.

Sin embargo, hay otro tipo de salas de espera en las que se espera a tener noticias sobre el familiar o amigo que se encuentra “dentro” entre la vida y la muerte. Y mientras yo sigo esperando, no puedo dejar de recordar un suceso que compartió ayer conmigo Ana, una persona con la que conversé y estará pronto en el blog. Ana me decía que por colaborar con una ONG, en una ocasión, la llamaron para que fuera a hacer compañía en la sala de espera del hospital Ramón y Cajal,  a la madre de un niño con Síndrome de Dwon al que iban a operar, creo recordar que de una cardiopatía. Menciono la condición de Dwon del niño porque además, me contó, que no todo el mundo se había mostrado de acuerdo en que los recursos de la ONG fueran destinados a salvar a un niño de estas características. Sin comentarios. Ana me confesó que no recuerda haber pasado por un momento más desgarrador en su vida que aquel en el que le dijeron a la madre, que su hijo había muerto a lo largo de la intervención. Ana nunca olvidará la desesperación con la que esta madre abrazó a su hijo cuando todavía yacía en la sala de operaciones. En esas situaciones todos somos iguales. El sufrimiento es para todos igual, no hace distinciones, un hijo es y será siempre y en cualquier parte del mundo, un hijo. Y aunque a Ana le queda el consuelo de haber acompañado y abrazado a una madre en una situación extrema como ésta,  nunca olvidará que la misma tuvo que volver a su país con el cadáver de su hijo en la bodega del avión.

Una sala de espera más para mí, pero afortunadamente por un inconveniente, no por un problema.sala de espera jon

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