Un blog en “Urgencias”

Un blog en “Urgencias”

El primer pensamiento es ¡Somos una panda de desgraciados! Unas veinte personas nos encontramos hacinadas en la entrada de una sala de urgencias (que no la de espera que ya hemos superado) en la que debemos volver a esperar. Los asientos son escasos ¡Afortunados los que esperan en cama! Entre las personas sentadas, una mujer de unos sesenta años a la que han colocado un tapón en la nariz para al parecer detener una hemorragia. Además, lleva un pañal a modo de babero. La señora en cuestión ocupa su asiento y el de al lado con sus pertenencias, una bolsa de plástico y su abrigo, fuera llueve a mares. Cuando nos ve entrar a mi hijo y a mí, ni se inmuta. Junto al asiento que ocupan sus pertenencias hay otro libre pero ella no hace nada por quitar sus cosas para que podamos sentarnos juntos… permanecemos de pié.

Esto es algo que se repite cada vez que los dos vamos a una sala de espera atestada o siempre que debemos esperar a ser atendidos en algún medio hospitalario. Cuando hay un solo asiento yo no me siento porque el enfermo es mi hijo (25 años) y él no lo hace por respeto a mí. Sin embargo, nadie, absolutamente nadie es capaz de reparar en que tal vez el enfermo sea él. Ese chico alto, de buen aspecto, que en ocasiones ha tenido que esperar de pié a que le quitaran los más de cincuenta puntos que llevaba a sus espaldas… o que ha tenido que esperar y caer mareado porque a penas hacía una semana que le habían dado el alta tras una operación. Y éste no es un caso puntual. Paloma (http://hablemosdoctor.com/category/torsion-e-isquemia-intestinal/), Miguel (http://hablemosdoctor.com/category/estenosis-aortica-y-mitral/), Nati (http://hablemosdoctor.com/category/enfermedad-de-crohn/),  personas jóvenes también cuyas conversaciones se recogen en el blog, se quejan de lo mismo. Su juventud, su aspecto saludable y creo que también su actitud, hacen que los demás no puedan pensar en ellos como personas enfermas, son hándicaps que también debe superar. Sé que cada uno tenemos nuestros problemas pero deberíamos ser capaces de ver más allá, de fijarnos en los detalles. Hoy  es muy sencillo, basta con fijarse en quien lleva la pulsera identificativa y como dice mi hijo, en no prejuzgar. Al rato aparece un matrimonio de la misma quinta que la señora en cuestión, ésta no duda en retirar sus cosas y dejar libre el asiento para que ambos puedan sentarse. Rasgos externos de enfermedad en estos últimos, tampoco.

Pero una mañana en urgencias da para mucho y tratando de sustituir el primer pensamiento negativo por uno positivo observo atentamente lo que va sucediendo a mí alrededor y consigo detenerme en esos pequeños detalles que son capaces de arrancarte una sonrisa. De pié como estamos en la entrada de la sala, oigo a alguien que dice con inmenso cariño: “No te preocupes que aquí te curarán las heridas, no te harán ningún daño”. A la paciente, una anciana, la traen en una cama con la cara ensangrentada. Quien habla, su acompañante, la sigue apoyándose a duras penas en unas muletas, no está claro cuál de las dos necesita más ayuda, no obstante: “tú estate tranquila”, añade la primera. Se cruzan con un matrimonio mayor de setenta años. Ella, la paciente, sentada en una silla de ruedas empujada por una enfermera porque el acompañante que es el marido tiene un sobrepeso que le dificulta el caminar. La mujer  a la enfermera: “¿Viene mi marido con nosotros?”. Él desde detrás y resoplando, pero con ternura: “Mujer ¿dónde voy a ir sin ti?”.  Y por último, sentado ahora donde estaba la señora de la hemorragia un señor de unos cuarenta y tantos años. También con buen aspecto, pero con la pulsera. A su lado, de pié, un anciano le acaricia la cabeza, solo puede ser su padre: “He avisado a tu madre, vendrá enseguida” vuelve a acariciarle un hijo siempre es un hijo, da igual la edad que tenga pienso yo.  Me voy reconciliando con la vida.

Y para terminar un toque de glamour: la mujer que se han sentado con su marido donde debíamos haberlo hecho mi hijo y yo es la protagonista de este momento. Cuando me he fijado en ella nada más verla he pensado que se la veía avejentada no solo por la edad sino por la vida misma. De ella he pensado que parecía triste, vestida de oscuro, con el pelo corto y cano y sin apenas dirigir la palabra ni la mirada a su marido. Sin embargo, cuando menos lo esperaba, ha sacado un lápiz de labios de la bolsa y con movimiento suave pero certero se la ha aplicado dándoles un color carmín que ni en las mejores películas de Hollywood. La vida sigue, incluso en Urgencias.

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